Tino Casal y Carmen Polo de Franco
Entrevista supersónica
Praefatio
“España resumida en dos personas imposibles viajando sobre un misil sin dueño” tiene algo de sátira y de poema raro al mismo tiempo. Y además ninguno queda reducido a caricatura pura: se pinchan, se contradicen, se humanizan...
Y no es política ni historia; es casi una despedida de época. Como si los dos acabaran convertidos en restos simbólicos flotando lejos del ruido terrestre.
Además, hay una imagen que se queda mucho: "como un órgano desafinado en una catedral”.
Tiene una atmósfera de película extraña de culto.
Es absurdo, elegante, incómodo y humano a la vez. Como un sueño español escrito entre copla, glam y filosofía de sobremesa.
Y no explica demasiado, sugiere: una mezcla de surrealismo, memoria, humor y melancolía cinematográfica.
Un viaje como un misil supersónico
El misil corta las nubes como un cuchillo de plata al rojo vivo.
Las ciudades allá abajo parecen brasas diminutas. El océano refleja relámpagos verdes. Y encima del proyectil, agarrados al metal imposible, viajan Tino Casal y Carmen Polo.
El viento es tan fuerte que las palabras llegan partidas, pero aun así siguen hablando.
Tino observa el cielo.
—Hay algo elegantísimo en no saber adónde vas.
Carmen responde seca:
—Eso lo dice alguien que nunca tuvo que gobernar nada.
—Y eso lo dice alguien que vivió demasiado cerca de quien quería gobernarlo todo.
El misil vibra peligrosamente.
Una alarma empieza a sonar:
“ATENCIÓN. EXCESO DE EGO HISTÓRICO.”
Tino se ríe tanto que casi pierde el equilibrio.
—¡El misil me cae bien!
Carmen lo agarra del brazo para que no salga despedido.
—No se me muera usted ahora, que empezaba a resultarme interesante.
Tino la mira sorprendido.
—¿Eso ha sido ternura aristocrática?
—No abuse.
Cruzan una nube negra. Durante unos segundos desaparecen completamente dentro de ella.
Cuando salen, el cielo está lleno de objetos flotando: televisores antiguos, teléfonos de disco, banderas rotas, discos de vinilo y periódicos ardiendo lentamente sin consumirse.
Tino se queda fascinado.
—Mira eso… la basura sentimental del siglo XX.
Carmen contempla un televisor encendido donde aparecen tertulianos gritándose.
—Qué agotamiento de época.
—No, mujer. Esto siempre ha existido. Solo que antes la gente gritaba en cafeterías y ahora lo hace delante de cámaras.
El misil da un pequeño giro brusco.
Aparece escrita en humo una pregunta gigantesca:
“¿QUÉ ES MÁS PELIGROSO: EL FANATISMO O EL VACÍO?”
Carmen responde inmediatamente:
—El vacío. El fanático al menos cree en algo.
Tino niega con la cabeza.
—Precisamente por eso el fanático da tanto miedo.
Ella lo observa.
—¿Y usted en qué creía?
Tino sonríe mientras el viento le destroza el peinado.
—En el arte, en la exageración y en no vivir como un funcionario del alma.
Carmen, inesperadamente, sonríe apenas.
—Esa frase… no está mal. Aunque su chaqueta sigue pareciendo un atentado.
El misil sigue ascendiendo.
Ya no atraviesa nubes: atraviesa recuerdos. Fragmentos de siglos. Ecos.
El metal arde debajo de ellos, pero ninguno parece preocuparse demasiado. A esa altura el miedo empieza a parecer un trámite administrativo.
Tino Casal lleva ahora unas gafas imposibles que nadie sabe de dónde han salido. Carmen Polo sigue impecable, aunque tiene un mechón rebelde moviéndose por primera vez en ochenta años de dignidad.
A lo lejos aparece una puerta flotando en mitad del cielo.
Solo una puerta.
Con un cartel encima:
“DEPARTAMENTO DE VERDADES INCÓMODAS.”
Tino silba.
—Ahí trabajan horas extras seguro.
El misil pasa rozándola.
De dentro de la puerta sale volando un camarero con pajarita, fumando.
—¡Franco preguntó demasiadas cosas y le echaron! —grita mientras desaparece entre las nubes.
Carmen Polo pone cara de “esto no está ocurriendo”.
Tino ya no puede parar de reír.
—Perdóneme, pero esto es cine surrealista español de altísimo presupuesto.
El cielo cambia otra vez.
Ahora está lleno de estrellas… pero cada estrella murmura opiniones contradictorias.
—Todo el mundo quiere tener razón —dice Carmen con cansancio auténtico.
—No —corrige Tino—. Lo que quiere la gente es sentirse moralmente superior mientras desayuna.
El misil atraviesa un banco de relojes flotantes. Algunos van hacia delante. Otros hacia atrás.
Uno marca 1936.
Otro 1982.
Otro simplemente pone: “Demasiado tarde.”
Tino mira el de 1982 con cierta nostalgia.
—Qué década tan excesiva… la gente parecía recién escapada de algo.
Carmen responde:
—Porque lo estaba.
Silencio breve.
El viento cambia de tono. Más grave. Más serio.
Debajo de ellos aparece una España gigantesca dibujada con luces. Pero las fronteras se mueven constantemente como si el país estuviera soñándose a sí mismo.
Tino la observa con ternura extraña.
—España tiene una cosa bonita.
—¿Cuál?
—Que nunca termina de decidir qué demonios es.
Carmen suspira.
—Y quizá por eso sobrevive.
De pronto, el misil emite una voz automática:
“PRÓXIMA PARADA: LA SOBREMESA ETERNA.”
Aparece delante de ellos una mesa infinita suspendida entre las nubes. Miles de sillas vacías. Copas. Ceniza. Café.
Y sentados al fondo, borrosos por la distancia, parecen distinguirse artistas, militares, poetas, curas, vedettes, ministros, camareros y algún torero fumando en silencio.
Tino entrecierra los ojos.
—Uy uy uy… ahí se va a discutir fuerte.
Carmen Polo se recoloca el bolso.
—Perfecto. Ahí sí sé moverme.
El destino del misil
El misil reduce velocidad por primera vez desde que empezó aquel disparate celeste.
Ya no suena como un arma. Ahora suena como un órgano gigantesco desafinando en una catedral.
La mesa infinita de la “Sobremesa Eterna” flota entre nubes doradas y humo de café. Hay voces lejanas, cubiertos, risas antiguas y discusiones que parecen durar décadas.
Tino Casal mira fascinado el lugar.
—Esto es España resumida: gente comiendo mientras arregla el universo sin arreglar nunca la cuenta.
Carmen Polo observa las mesas interminables.
—Y todos convencidos de tener razón.
—Eso es gratis aquí y en la Tierra.
El misil sigue deslizándose lentamente sobre aquella sobremesa imposible.
Abajo se distinguen escenas absurdas: un poeta discutiendo con un banquero, una folclórica cantando copla a un astronauta, dos filósofos dormidos sobre una tortilla de patatas.
De repente, una ráfaga de viento hace girar el bolso de Carmen Polo. Tino lo agarra al vuelo con elegancia teatral.
—Reflejos de vedette espacial.
Ella asiente con cierta dignidad.
—Gracias.
Tino se queda pensativo unos segundos. Luego sonríe de lado.
—Puedo hacerle una pregunta delicada, señora?
—Eso nunca anuncia nada bueno.
—¿Por qué la llamaban “la Collares”?
Silencio.
Incluso el misil parece bajar el volumen.
Carmen Polo lo mira fijamente. No ofendida. Más bien resignada.
—Porque la gente necesita convertir el poder en caricatura para soportarlo.
Tino levanta una ceja.
—Eso ha sido una respuesta muy inteligente para esquivar la pregunta.
Ella suspira.
—Porque llevaba joyas. Porque observaban cada gesto. Porque cuando una mujer está cerca del poder, siempre terminan hablando antes de sus adornos que de sus pensamientos.
Tino asiente lentamente.
—Ahí le doy la razón.
Ella continúa mientras el viento le mueve apenas el abrigo:
—A muchos hombres ambiciosos se les llamó estrategas. A las mujeres cercanas al poder… se las reducía a apodos.
Tino sonríe con cierta melancolía.
—En eso el espectáculo y la política se parecen muchísimo.
—¿También lo reducían a usted?
—Constantemente. Mucha gente veía lentejuelas y no escuchaba una sola palabra de lo que decía.
El misil atraviesa una nube brillante llena de collares suspendidos en el aire. Perlas. Oro. Bisutería barata. Joyas reales. Todo mezclado.
Tino coge uno flotando.
—Mire qué maravilla… al final la humanidad convirtió hasta el brillo en sospecha.
Carmen lo mira.
—Y también convirtió la pobreza en virtud estética cuando convenía.
Tino se ríe.
—Señora, usted tiene más veneno elegante del que esperaba.
Ella sonríe apenas.
—Y usted más profundidad de la que aparentaba.
El misil vuelve a acelerar.
Una nueva frase aparece escrita entre relámpagos:
“TODO ICONO ACABA SIENDO MALINTERPRETADO.”
Y ambos, por primera vez desde que empezó aquel viaje imposible, guardan silencio.
El misil vuelve a rugir.
La “Sobremesa Eterna” queda atrás poco a poco, perdiéndose entre nubes color ámbar y humo de café infinito.
Ahora vuelan sobre un cielo oscuro lleno de discos de vinilo girando como planetas.
Carmen Polo permanece callada un rato, observando uno de aquellos discos luminosos. Finalmente habla, con una voz menos rígida que antes.
—Tino… una pregunta.
Tino Casal se acomoda las gafas mientras el viento le sacude la capa.
—Dispare. Nunca mejor dicho.
Ella mira hacia delante, no hacia él.
—¿Quién era Eloise? Esa canción… no sé si la escuché la primera vez en la Tierra o aquí arriba.
El viento parece aflojar.
Incluso el misil escucha.
Tino tarda unos segundos en responder.
—Eloise era una obsesión. Una mujer imposible. Un recuerdo exagerado hasta convertirse en tormenta. Pero también era otra cosa.
—¿Qué cosa?
—La sensación de amar algo que nunca acabas de tocar del todo.
Carmen baja ligeramente la mirada.
A lo lejos empieza a sonar Eloise, como si las nubes la estuvieran tarareando.
No completa. Solo ecos.
Tino sonríe con tristeza elegante.
—Las canciones importantes no pertenecen del todo a quien las canta. Se quedan flotando por ahí… esperando a pegarse a la vida de alguien.
—Tiene algo de catedral esa canción —dice Carmen inesperadamente—. Algo dramático. Como rezar y discutir al mismo tiempo.
Tino suelta una carcajada sincera.
—¡Eso es exactamente España! Rezar y discutir simultáneamente.
El misil atraviesa entonces una lluvia de rosas negras que no llegan a tocarles.
Carmen vuelve a hablar:
—Había algo desesperado en cómo la cantaba.
Tino asiente.
—Porque el amor exagerado siempre tiene un poco de funeral.
Silencio.
Las estrellas empiezan a latir al ritmo de la música lejana.
Y entonces Carmen pregunta algo que ni ella esperaba preguntar:
—¿Y merecía la pena sentir así?
Tino mira el infinito. Luego sonríe apenas.
—Probablemente no. Pero las mejores cosas casi nunca son prudentes.
La melodía lejana de Eloise sigue flotando entre las estrellas como si el universo entero la estuviera recordando mal a propósito.
El misil abandona ya cualquier cielo reconocible.
Debajo no hay continentes.
Arriba no hay constelaciones humanas.
Solo oscuridad azul y corrientes de luz atravesando el vacío.
Tino Casal permanece pensativo unos segundos tras hablar del amor exagerado. Luego, de repente, se gira hacia Carmen Polo con una sonrisa peligrosísima.
—Señora… una curiosidad histórica.
Ella ya sospecha desastre.
—Ay, Dios mío.
—¿Vio usted en su vida más cuernos que misas escuchó?
Silencio absoluto.
El misil entero parece ofenderse.
Una alarma roja empieza a sonar:
“ATENCIÓN: COMENTARIO TEMERARIO DETECTADO.”
Carmen Polo lo mira con una mezcla perfecta de escándalo, incredulidad y ganas reales de lanzarlo al vacío interestelar.
—¡Pero será usted…!
Tino empieza a reírse tanto que casi se resbala del misil.
—¡No me diga que no era buena pregunta!
Ella lo agarra de la capa justo antes de que el viento lo arranque.
—¡A usted le habría durado tres días una audiencia oficial!
—¡Tres horas! —corrige él.
Carmen intenta mantener la compostura… pero algo cambia.
Mira alrededor.
Mira el vacío inmenso.
Mira aquel misil imposible atravesando el cosmos como una bala perdida de la historia.
Y acaba soltando una risa breve. Inesperada. Real.
Tino se queda sorprendido.
—¡Ah! ¡La he oído! ¡La risa secreta del régimen!
—No abuse de su suerte.
Pero ya no está enfadada.
El cielo parece abrirse aún más.
Aparecen satélites viejos flotando como medusas metálicas. Restos de antenas. Televisores. Fragmentos de periódicos.
Uno de ellos pasa girando junto al misil. En portada puede leerse:
“ESCÁNDALO.”
Tino lo señala.
—La palabra favorita de la humanidad.
Carmen responde:
—Y la más rentable.
El misil acelera de pronto.
Una voz automática resuena:
“ABANDONANDO ÓRBITA TERRESTRE.”
Las estrellas empiezan a deformarse.
Tino mira hacia abajo, hacia la Tierra ya pequeña.
—¿Sabe una cosa? Ahí abajo hay ahora una censura rarísima.
Carmen arquea una ceja.
—¿Censura? ¿Entonces?
—Distinta. Antes te prohibían hablar. Ahora a veces te dejan hablar… pero te expulsan moralmente cinco minutos después.
Ella piensa unos segundos.
—Explíquese.
—La gente vive aterrada de decir algo incorrecto delante del tribunal infinito.
—¿Qué tribunal?
Tino señala hacia la Tierra.
—Todo el mundo. Todo el tiempo. Opinando. Vigilando. Juzgando. Como una plaza pública con wifi y ansiedad.
Carmen observa el planeta alejándose.
—Curioso.
—¿Qué?
—Que las épocas cambian de uniforme… pero no siempre de instinto.
El viento cósmico golpea más fuerte.
Tino sonríe con cierta melancolía.
—Hay gente ahí abajo que se cree muy libre mientras repite consignas nuevas con la misma rigidez antigua.
—Eso ocurre en todas las generaciones —dice Carmen—. Los seres humanos adoran sentirse distintos mientras se parecen muchísimo.
Silencio.
Solo estrellas.
Solo velocidad.
Solo dos figuras absurdas agarradas a un misil fuera de la historia.
Entonces aparece ante ellos una especie de frontera luminosa. Como un océano vertical de luz negra.
La voz automática habla por última vez:
“DESTINO DESCONOCIDO.
A PARTIR DE AQUÍ, NI LA MEMORIA NI LA POLÍTICA TIENEN COBERTURA.”
Tino mira fascinado.
—Eso suena peligrosamente bonito.
Carmen se recoloca el abrigo.
—¿Y ahora qué ocurre?
El misil empieza a deshacerse lentamente en partículas doradas.
Tornillos convertidos en luz.
Metal convertido en polvo estelar.
Ya no caen.
Ya no vuelan.
Simplemente derivan.
Perdidos en cielos profundos donde no existen bandos, ni tertulias, ni aplausos, ni miedo al ridículo.
Solo conversación.
Solo distancia.
Solo dos personas de mundos imposibles alejándose entre galaxias desconocidas.
La última imagen es Tino Casal señalando una nebulosa violeta.
—Mire eso, señora… parece una discoteca diseñada por Dios.
Y Carmen Polo, antes de desaparecer entre la luz, responde con una tranquilidad inesperada:
—Pues espero que al menos tengan buena música.