Ophiusa: temor sagrado

Publicado el 29 de marzo de 2026, 18:47

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Esta es la leyenda de cómo la Península Ibérica recibió su nombre más temido y sagrado, mucho antes de que el oro de Tartessos atrajera a los mercaderes de Oriente.

 


En el tiempo en que las estrellas aún dictaban el rumbo de los hombres, una estirpe de navegantes jónicos llegó a las costas del lejano Occidente. No buscaban metales, sino el límite del mundo. Al desembarcar en lo que hoy es el Levante, no encontraron ciudades, sino un silencio sepulcral roto solo por el siseo del viento.

Cuenta la leyenda que la tierra no estaba habitada por hombres, sino por los Ophioukoi: una civilización de seres que rendían culto a la Gran Serpiente Terrestre. Para ellos, la Península no era un trozo de roca, sino el cuerpo dormido de una deidad colosal cuyas escamas eran las montañas y cuyo veneno, al filtrarse en la tierra, se convertía en vetas de plata.

El capitán de aquella expedición, un hombre llamado Aristeo, se adentró en los bosques de encinas y quedó paralizado: de cada rama colgaban mudas de piel de serpiente que brillaban como el nácar bajo la luna. Los nativos, vestidos con cueros escamados, no hablaban; emitían un silbido rítmico que parecía mover las piedras.

Aristeo comprendió que aquel lugar no pertenecía a los dioses del Olimpo, sino a las fuerzas antiguas del subsuelo. Al regresar a su barco, grabó en su bitácora una sola palabra para advertir a los futuros navegantes: Ophiusa, "La Tierra de las Serpientes".

Se decía que quien dormía sobre su suelo soñaba con el futuro, pero despertaba con la sangre fría. El nombre perduró durante siglos como un tabú, hasta que los fenicios llegaron con sus barcos cargados de abalorios y especias, "orientalizando" la magia de la serpiente y transformando los santuarios de escamas en mercados de metales, enterrando para siempre el secreto de la Ophiusa bajo los cimientos de Tartessos.


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